La Fórmula 1 se encamina en 2026 hacia una de las transformaciones técnicas más profundas de la era moderna. No solo habrá un rediseño completo de los monoplazas, sino que también se introducirá una nueva generación de unidades de potencia que marcará un antes y un después en la categoría reina del automovilismo.
El objetivo es claro: motores más sostenibles, mayor relevancia tecnológica y una F1 alineada con el futuro de la industria automotriz, que avanza de forma acelerada hacia la electrificación. En este contexto, la categoría adoptará unidades híbridas con una distribución de potencia prácticamente equitativa entre combustión interna y energía eléctrica, además de utilizar combustible 100 % sostenible, como parte del plan para alcanzar la neutralidad de carbono en 2030.
Este giro estratégico ya ha tenido un impacto directo en el paddock. La llegada de Audi, Ford y Cadillac a partir de 2026 confirma que la nueva normativa ha reforzado el atractivo de la Fórmula 1 para los grandes fabricantes.
Un V6 que cambia de filosofía
Los motores V6 híbridos, introducidos en 2014, seguirán siendo la base técnica en 2026. Sin embargo, su funcionamiento y su equilibrio interno cambiarán de forma radical.
Hasta ahora, la unidad de potencia combinaba el motor de combustión interna con dos sistemas eléctricos:
-
el MGU-K, encargado de recuperar energía durante las frenadas;
-
y el MGU-H, que transformaba el calor de los gases de escape en energía eléctrica.
En este esquema, la parte eléctrica representaba alrededor del 18 % de la potencia total, unos 160 caballos, frente a los aproximadamente 800 CV generados por el motor térmico. Por ello, un problema eléctrico no siempre resultaba decisivo.
Un ejemplo emblemático fue el Gran Premio de Mónaco 2018, cuando Daniel Ricciardo perdió cerca del 20 % de su potencia por un fallo eléctrico y aun así logró imponerse, firmando una de las victorias más memorables de su carrera.
El motor de 2026: equilibrio total… y mayor riesgo
Ese margen de tolerancia desaparecerá por completo en 2026. La nueva normativa establece una distribución casi 50/50 entre combustión interna y energía eléctrica.
El motor térmico entregará alrededor de 540 caballos de fuerza, mientras que el sistema eléctrico —a través del MGU-K y la batería— aportará hasta 470 caballos adicionales. En este escenario, cualquier fallo en la parte eléctrica tendrá un impacto inmediato y potencialmente devastador en el rendimiento.
Para sostener este nivel de potencia eléctrica, la gestión de la energía será crítica. Actualmente, los monoplazas recuperan cerca de 2 megajulios por vuelta; a partir de 2026, esa cifra se cuadruplicará. La batería deberá recargarse de manera constante, convirtiéndose en uno de los elementos más sensibles y estratégicos del conjunto.
Adiós al MGU-H
Uno de los cambios más significativos es la eliminación total del MGU-H. Considerado demasiado complejo y costoso, este sistema desaparece por completo del reglamento.
Como consecuencia, el frenado será la única fuente de recuperación de energía, lo que obligará a pilotos e ingenieros a replantear tanto el estilo de conducción como las estrategias de carrera. La eficiencia en las frenadas y la gestión térmica pasarán a ser factores determinantes.
Combustible sostenible: más allá del deporte
Otra piedra angular del reglamento 2026 es la introducción de combustible 100 % sostenible. Este se producirá en laboratorio, ya sea a partir de residuos orgánicos o mediante tecnologías de captura de carbono directamente de la atmósfera.
Más allá de su impacto en la F1, esta innovación tiene un claro potencial de aplicación en la industria automotriz, posicionando a la categoría como un laboratorio tecnológico con influencia real fuera de los circuitos.
Un inicio marcado por la fiabilidad
Como ocurre con cada gran cambio reglamentario, se espera que la temporada 2026 esté acompañada de un aumento inicial de fallos mecánicos, especialmente relacionados con:
-
la refrigeración de la batería,
-
el sistema de frenos,
-
y la integración de los nuevos componentes eléctricos.
La gran incógnita será cuál de los cinco fabricantes de motores logrará adaptarse mejor desde el inicio y capitalizar esta transición. En un escenario donde la energía eléctrica será tan determinante como la combustión, el más mínimo error podría marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.